Subimos a la montaña, la de falda de ancho vuelo,
por la cinta del camino que nos bordaba el romero.
El pinar nos dio cantares y el aire recito un verso,
y el sol pinto nuestras sombras a lo largo del sendero.
Vimos el mar abrazando la castidad de los cielos,
en un azul tan intenso que parecía de sueño.
Había en los pies del monte trigales rubios y rectos,
y sus gavillas rezaban oraciones al silencio.
Las hojas en un murmullo se iban contando secretos,
y tenían en las ramas, pulseras en movimiento.
La tarde se volvió loca esperando a los luceros,
que estaban jugando al corro encima de un terciopelo.
¡la tarde siempre esperando se quedo muerta de sueño!
Por la cinta del camino que nos bordaba el romero,
bajamos de la montaña sobre las alas del viento,
vimos la casa y la huerta y los verdes limoneros
y la fuente con su trenza de agua cantando deseos.
¡Dejamos sobre la sierra! nuestra voz que encontró eco,
y olvidamos en sus brazos, ramos de catorce versos,
y cuando llego la noche vistiendo corpiño negro,
oyó que la voz del bosque le susurraba sonetos.
Anónimo
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